
Siempre había pensado que las personas que hablan solas tenían algún problema psicológico más o menos grave o que, en todo caso, eran gente rara. Pero un día oí decir a un psicólogo que hablar a solas, con nadie como interlocutor, no tiene por qué ser necesariamente algo patológico, aunque en algunos casos lo sea, que hay personas que, en determinados momentos, se concentran mejor, o fijan de manera más profunda un pensamiento si lo expresan en voz alta. Es, por ejemplo, el caso de algunos deportistas que se dan ánimos a sí mismos, se transmiten mensajes y dicen frases cuyo interlocutor y destinatario son una sola y misma persona.
Pero, a lo largo de esta semana, me he encontrado con dos individuos que hablaban solos y mi intuición me llevó a pensar que aquí había algo realmente raro, no sé si patológico, pero sí por lo menos distinto. En el primer caso, se trataba de un hombre de unos 50 años, sentado a la puerta de la casa de una calle céntrica de Madrid. Con la mirada perdida, parecía pronunciar un discurso ante un auditorio imaginario, porque acompañaba sus palabras con gestos bien medidos y daba la impresión de encadenar una serie de argumentos. Eso interpreté en los breves instantes en los que pude observarle, con discreción, mientras pasaba junto a él aminorando un poco el ritmo de mis pasos.
En el segundo caso, se trataba de otro hombre, de elevada estatura, de raza negra, vestido con ropajes de colores llamativos y no alcancé a saber qué decía, porque hablaba en un idioma, que yo interpreté como uno de los muchos que se hablan en el África subsahariana. Sus palabras sonaban con una especial cadencia, parecía ser un canto, aunque estoy segura de que no cantaba propiamente, hablaba sin parar y su hablar me sonaba a triste.
Cuánto me hubiera gustado descifrar el sentido de esos raros discursos de los dos hombres que hablaban a solas, qué decían, por qué lo decían, a qué personas imaginarias, o reales para ellos, se lo decían. Ambos casos me parecieron metáforas precisas de la soledad de muchas personas de nuestro tiempo, aisladas, sin interlocutores con los que intercambiar una palabra. No sé a qué grupo pertenecen mis personajes de esta semana, si a los que hablan a solas siendo "normales", a los que hacen lo mismo porque tienen una patología, o a los que de esa manera están denunciando sin pretenderlo que en nuestro mundo falta comunicación y encuentro entre las personas, aunque a veces sobren las palabras.
No quiero terminar esto sin una anécdota, que es como el reverso del caso de mis hombres solitarios. Pocos minutos después de haberme cruzado con el último de ellos, oí la voz de una mujer joven, que hablaba a voz en grito y de forma tan atropellada como sus pasos. Instintivamente, dirigí mi mirada hacia ella... Iba hablando, sí, sola, pero a través del móvil. ¿Por qué hemos de suponer necesariamente que, en este caso, no hablaba "a solas", sino que hablaba con alguien? Lo cierto es que cualquiera que la hubiese visto y oído la habría colocado en el grupo de las personas "normales", no en el grupo de "los otros".
Pero, a lo largo de esta semana, me he encontrado con dos individuos que hablaban solos y mi intuición me llevó a pensar que aquí había algo realmente raro, no sé si patológico, pero sí por lo menos distinto. En el primer caso, se trataba de un hombre de unos 50 años, sentado a la puerta de la casa de una calle céntrica de Madrid. Con la mirada perdida, parecía pronunciar un discurso ante un auditorio imaginario, porque acompañaba sus palabras con gestos bien medidos y daba la impresión de encadenar una serie de argumentos. Eso interpreté en los breves instantes en los que pude observarle, con discreción, mientras pasaba junto a él aminorando un poco el ritmo de mis pasos.
En el segundo caso, se trataba de otro hombre, de elevada estatura, de raza negra, vestido con ropajes de colores llamativos y no alcancé a saber qué decía, porque hablaba en un idioma, que yo interpreté como uno de los muchos que se hablan en el África subsahariana. Sus palabras sonaban con una especial cadencia, parecía ser un canto, aunque estoy segura de que no cantaba propiamente, hablaba sin parar y su hablar me sonaba a triste.
Cuánto me hubiera gustado descifrar el sentido de esos raros discursos de los dos hombres que hablaban a solas, qué decían, por qué lo decían, a qué personas imaginarias, o reales para ellos, se lo decían. Ambos casos me parecieron metáforas precisas de la soledad de muchas personas de nuestro tiempo, aisladas, sin interlocutores con los que intercambiar una palabra. No sé a qué grupo pertenecen mis personajes de esta semana, si a los que hablan a solas siendo "normales", a los que hacen lo mismo porque tienen una patología, o a los que de esa manera están denunciando sin pretenderlo que en nuestro mundo falta comunicación y encuentro entre las personas, aunque a veces sobren las palabras.
No quiero terminar esto sin una anécdota, que es como el reverso del caso de mis hombres solitarios. Pocos minutos después de haberme cruzado con el último de ellos, oí la voz de una mujer joven, que hablaba a voz en grito y de forma tan atropellada como sus pasos. Instintivamente, dirigí mi mirada hacia ella... Iba hablando, sí, sola, pero a través del móvil. ¿Por qué hemos de suponer necesariamente que, en este caso, no hablaba "a solas", sino que hablaba con alguien? Lo cierto es que cualquiera que la hubiese visto y oído la habría colocado en el grupo de las personas "normales", no en el grupo de "los otros".

No hay comentarios:
Publicar un comentario