domingo, 22 de marzo de 2009

¿IMPORTA EL COLOR DE LA PIEL?



- ¡Negro tenías que ser!, gritó el taxista tras comprobar que otro coche le había adelantado indebidamente por la derecha, y siguió con un discurso en el que se mezclaban opiniones sobre todo y sobre todos, que si los innmigrantes habían venido a quitar el trabajo a los españoles, que si los rumanos eran todos unos ladrones, los "moros" unos sucios y falsos, que a la primera te engañan, que las camareras y dependientas de otros países (la mayoría latinoamericanas) eran lentísimas sirviendo, que si había oido por la radio ("sabe, ud., la radio entretiene mucho, uno pasa muchas horas en el taxi y, además, te informan de muchas cosas") que casi dos terceras partes de los presos que hay actualmente en las cárceles españolas son inmigrantes ..., que la culpa de todo es de Zapatero porque abrió la frontera para que entraran aquí los que quisieran ..., y así siguió en su monólogo durante varios minutos, mientras mi padre y yo nos mirábamos con una mezcla de complicidad (hemos hablado muchas veces de temas como estos) y de espanto. Sobre todo, a mi padre sé que le molestan especialmente este tipo de actitudes y todavía me admiro cómo no saltó a la primera y se contuvo, aunque estoy seguro de que ganas no le faltaban. En esta ocasión había optado por un silencio que el más tonto hubiera sabido interpretar como de total condena ante tales barbaridades.

Como el tipo no dejaba hablar, tampoco nosotros teníamos ninguna gana de entablar una conversación con quien nos separaban tantas cosas y, además, de nada iba a servir, no tuve más remedio que refugiarme en mis pensamientos. Una vez más, pasaban por mi mente escenas de xenofobia, de racismo, que yo había visto en algunos informativos, había leído en los periódicos e incluso había podido comprobar entre gente de mi edad.

Pero también fue un momento para darme cuenta de que una de las mejores cosas que tenía el colegio al que asistí desde los 4 años hasta ingresar en la Universidad, era su pluralidad. Chicos y chicas de distintas nacionalidades, colores, religiones y estilos de vida fueron mis compañeros. Su sola presencia, su compañía, el poder ser amigo de cualquiera, ya era una lección de respeto al otro, al distinto.

En esto llegamos al final de nuestro trayecto. Tras pagar el importe al taxista y, sin mediar por nuestra parte ninguna otra palabra con él, dijo a modo de despedida: "Y que conste que yo no soy racista".

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